La última vez que escribí estaba anticipando despedirme de tres amigas queridas. Toda la semana estaba al punto de llorar, pero – típico – no lloré a despedirme el jueves. Fui a la casa de Kenya, Sarita y Eli el jueves en la noche para comer tacos, tomar Lift Manzana y pues pasar tiempo juntas. Mariana, Laura y Nicolás (bebé precioso de Laura) también estaban.
Había escrito unas cartas de despedida para ellas, y cuando las di a Kenya y Eli (se la di a Sarita el viernes porque ella ya se había salido), teníamos lagrimas en nuestros ojos por un momento. Kenya se bajó conmigo para esperar al taxi, y fue una despedida entumecida. Entumecida y surreal. Sabía que fue adiós por mucho tiempo, y el fin de nuestra amistad como la conocemos en cierto sentido, pero la realidad no me chocó en aquel momento. Luego el taxista me habló todo el camino hasta llegar a mi casa, donde todo el mundo necesitaba hablar conmigo por chat (eso nunca me pasa). Me levanté a las 5am el viernes para estudiar, todavía sintiendo entumecida. Pero después de descansar por 15 minutos a las 7am, me desperté llorando. Sip. Lo leyeron bien. Llorando. Tuve dos exámenes y una clase de danza. Dos despedidas más. Y mucha gente a ver. Y estaba llorando. ¡Todo el día! Que patética, eh? Como si me hubiera chocado con el camión de emociones… Mi despedida final de Eli fue de lágrimas. Se lo juro que ni tengo idea de cómo manejar mis emociones cuando ya han brincado a llorar…probablemente por la falta de práctica. En serio, no soy llorona.
El viernes en la noche fui a la casa otra vez para pasar tiempo con Sarita y Lupita. Después de arreglarnos fuimos a un restaurante-bar cerca de su casa. Y, como siempre, ¡comimos pizza y Coca! :) Fue muy gracioso porque las dos son muy chaparritas, y pues yo no. Fui la gigante. Jajaja
Despedirme nunca me ha hecho difícil, pero como escribí la otra vez, yo sé que esta vez despedirme lleva más peso. Es más final. No sé si vaya a regresar a México. Pues, para visitar, sí. ¿Pero para más? ¿Para vivir otra vez con esa gente, rodeada de esa cultura y ese idioma que me encanta? Solo Dios sabe. Y no lo digo impertinentemente sino en serio. Dios sí sabe. Hay que confiar en Él. Aunque cuando no entiendo ni tengo idea de lo que está haciendo con mi vida. Te pertenezco, Señor.
Sarah Marie
domingo, 13 de diciembre de 2009
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